Un necesario cambio de actitud

Bruno Sauer, director general de Green Building Council España


 

En 2010, Paula Caballero, directora de Asuntos Sociales, Económicos y Ambientales del Ministerio de Asuntos Exteriores del Gobierno de Colombia, presentó a su gobierno las primeras ideas para los ODS. Durante 5 años ella y su gobierno, dentro del marco de las Naciones Unidas, trabajaron para convencer a otros países del potencial del nuevo marco paraguas. A finales de 2015, los ODS, 17 objetivos para un desarrollo sostenible, fueron aprobados. El 22 de noviembre de 2019 tuve la oportunidad de escucharla en Dusseldorf y reflexionando sobre esos 5 años de lucha por los ODS, nos comentó que faltaba uno, el 18º objetivo: un cambio de actitud.

El objetivo está compuesto de dos palabras clave: cambio y actitud. Según la ciencia de la Psicología, el ser humano necesita entre 30 y 60 días para modificar una costumbre. Si, por ejemplo, quieres escribir un diario y que no sea un esfuerzo sino un hábito, deberías obligarte a escribir durante 40-50 días. Si lo consigues, tienes una alta probabilidad de continuarlo el resto de tu vida, y disfrutarlo. Esto quiere decir que una costumbre, un modo de actuar, se aprende. La actitud es cultural, no biológica.

Llevamos 40 días o más de confinamiento. Con la aparición del coronavirus, y para entender mejor esta crisis, nos hemos acostumbrado a escuchar diariamente a los virólogos. Los políticos también los han considerado como la mejor fuente de información y los escuchan. ¡Un cambio en actitud que ojalá perdure! Probablemente porque esta crisis afecta a nuestra propia zona de confort y a nuestro futuro próximo, la reacción inmediata y obediente de los individuos, actuando en grupo y haciendo caso a los científicos, ha sido abrumadora. El ser humano es un animal social que sobrevive en grupo, y en este caso hemos entendido que escuchar al sabio es mejor que dejarse llevar por las costumbres de toda la vida

Mantener el equilibrio entre ser un animal social y ejercer la libertad individual no es fácil. Esa libertad que hemos conseguido gracias al enorme desarrollo en los últimos dos siglos, estimula nuestra capacidad de razonar, de utilizar la inteligencia, de establecer prioridades. Ser un animal creativo nos ha permitido crecer como humanidad, aunque a veces en la dirección equivocada.

Entonces, ¿por qué estamos ante esta situación de urgencia? No podemos decir que no estábamos avisados. Varias fuentes ya habían advertido de que una pandemia como la actual era realista y probable. El World Economic Forum (que vela principalmente por los intereses de la globalización y los sistemas de crecimiento ilimitado) en su informe de 2019 sobre Riesgos Globales (Global Risks Report 2019), describe que uno de los 5 grupos de riesgos globales se llama “Going Viral, the transformation of biological risks” donde se dice literalmente: “El progreso nos ha hecho sentir cómodos con las amenazas convencionales, pero la naturaleza mantiene su capacidad de ‘inventar’ una pandemia que nos puede causar un daño indescriptible”. Ningún país estaba preparado para absorber la crisis de COVID-19. Invertimos billones en el armamento nuclear, en la modernización de los instrumentos para la guerra clásica, en construir fondos de rescate para el sistema financiero clásico, pero no estábamos preparados para resistir un virus que no entiende de fronteras, culturas, idiomas o religiones.

¿Cómo podemos aprender algo de esta crisis para gestionar la otra gran crisis, el cambio climático, que tampoco entiende de fronteras, culturas, idiomas o religiones? En el mismo informe del WEF se indica que tres de los cinco riesgos más probables y con mayor impacto pertenecen al grupo de riesgos ambientales. Son los eventos climáticos extremos, el fracaso de la mitigación y la adaptación al cambio climático, y los desastres naturales. ¿Por qué no escuchamos diariamente a los científicos para cambiar nuestra actitud en grupo y poder sobrevivir individualmente? Es cierto que el problema del cambio climático es más complejo. En la COVID-19 hay solo un enemigo, es común y, además, no es visible. En una guerra clásica el enemigo está bien definido y además es visible. El mundo político y económico del siglo XXI sigue pensando en modelos donde el enemigo es visible, donde hay fronteras y donde el individuo aparentemente no piensa. El cambio climático no es un enemigo único, es múltiple y complejo y, además, los gases de efecto invernadero no son visibles.

La naturaleza se nos ha adelantado en más de un siglo. El daño económico y social del coronavirus o del cambio climático es muy superior al daño provocado por un virus informático. ¿Por qué no utilizamos nuestra inteligencia para cambiar los modelos de convivencia, de desarrollo y de progreso para que nuestras ciudades y nuestros sistemas de gestión del bienestar se adapten con menos dificultades? ¿Por qué tenemos antivirus en nuestros ordenadores para reducir los riesgos, pero no en la sociedad real?

La propuesta de Paula Caballero de definir un Objetivo más, “el cambio de actitud”, es fundamental. Cualquier cambio estructural empieza con la comprensión, la responsabilidad del individuo, el entendimiento rápido casi natural del riesgo común, y eso pasa por invertir en primer lugar en la educación y la formación permanente como sociedad, no solo desde un punto de vista estrictamente escolar. Un desarrollo educativo de la sociedad, libre de dogmas políticos o religiosos. Tener en el futuro la COVID-19, así como cualquier otra variante, bajo control depende principalmente de tu actitud, tu modo de actuar en el conjunto. Las vacunas, los medicamentos o cualquier instrumento tecnológico son ayudas adicionales, pero no son la base de la solución. Dicha solución pasa por educar para ser más resiliente a los cambios, de manera que, cuando el riesgo se presente, el individuo, el grupo y su entorno estén preparados para reaccionar sin pánico y con el menor daño al funcionamiento “normal”.