Desde casa: la calidad de la vivienda como prioridad

Albert Cuchí es director de l’Escola Tècnica Superior d’Arquitectura del Vallès (ETSAV)


 

Desde que estamos encerrados en casa se ha agudizado la sensación de estar a la intemperie. Enric Casasses

Este artículo se escribe cuando llevamos ya un mes confinados en casa. Por una vez, manda cuidar y cuidarse por encima de la vorágine de producción y consumo. Mantenernos vivos nos ha obligado a replegarnos en casa y a recuperar y valorar lo realmente importante, lo que no podemos permitirnos olvidar. La tragedia de las vidas perdidas ha desnudado nuestra realidad y ha grabado con aguafuerte aquello que debemos conservar y fortalecer. Porque, más pronto que tarde, cuando remita el contagio, debemos salir a construir una nueva realidad cotidiana que recupere el pulso productivo de la sociedad. Una construcción que debe enfrentar una anunciada crisis económica cuyo detonador ha sido la pandemia, pero que se encuentra enfrentada a agudas crisis ambientales, globales y locales, causadas por nuestro modelo de producción y consumo. Justamente eso que debemos reconstruir.

La reconstrucción de nuestro modelo productivo y de consumo deberá sustentarse y desarrollarse sobre la conservación y potenciación de lo que hemos descubierto fundamental y, en muchos casos, demasiado débil. En el descubrimiento que la naturaleza agradece nuestra ausencia, lo que es una evidente acusación. Y que no solo la calle y el espacio urbano han mejorado: han bajado las emisiones de gases de efecto invernadero y se ha reducido la generación de residuos, lo que denuncia nuestra incidencia en los impactos globales y locales.

Debemos dirigir ahora las inversiones públicas y privadas, hacia actividades reconfiguradas desde la nueva mirada que hemos adquirido estos días. Y, ¿cómo se hace eso? ¿Qué sectores, qué inversiones van en esa dirección? Obviamente políticas como el European Green Deal, planteadas antes de la crisis, toman ahora una nueva relevancia, pero también precisan de un nuevo sentido. Y tenemos opciones para empezar aquí, justamente, desde casa.

Hemos aprendido mucho de vivir en casa estos días. Casa y salud, casa y cuidados, son ahora un binomio renovado que ponen de relieve lo que es la verdadera gran infraestructura básica del país: su parque de viviendas. Un parque de viviendas que sufre una progresiva inadecuación a sus usuarios: nuevos formatos de hogares embutidos en casas pensadas para familias nucleares en fase de crianza, cuando apenas son ya un tercio de los hogares; una población envejecida que requiere accesibilidad, equipos y servicios distintos; edificios que aún muestran déficits en sus elementos constructivos e instalaciones. Y, por suerte, el parque no ha sido desafiado por un confinamiento invernal que nos hubiese mostrado que nuestras casas llevan vestidos de primavera, y que hubiese obligado a un elevado consumo energético y, a quien no puede pagarlo, a descubrir que su casa le hace daño -sanitario y social- porque no les protege del frío.

Pero, además, invertir en esa infraestructura es una propuesta de reconstrucción económica. La rehabilitación de viviendas es una de las actividades que induce mayor generación de empleo. Una actividad que crea demanda inducida a la industria por los materiales que necesita. Una actividad que permite intervenir sobre el 20% del consumo de energía final de este país, reduciéndolo y haciendo viable el cambio hacia un modelo energético renovable. Todo eso son cosas ya demostradas, y que solo exigen voluntad política y algunas consideraciones fundamentales que hace tiempo que se vienen reclamando desde GTR.

Cómo definir objetivos estratégicos para nuestro parque. Necesitamos saber qué calidades debe alcanzar cada edificio y definir un horizonte temporal en el que alcanzarlas. Unos objetivos que van en cascada: a escala estatal son unos; las CCAA tienen las competencias en vivienda y sus propios objetivos; y los pueblos, barrios y ciudades tienen problemas diferentes y capacidades diferentes. La escala de intervención es esa, la local, y necesitamos una estrategia que sea capaz de aproximarse desde los objetivos europeos hasta la escala municipal, que permita integrar objetivos y reconozca oportunidades locales. Nada sin las ciudades y los barrios.

Pero desde casa, cuando salimos lo primero que encontramos son nuestros vecinos. De hecho, hay que construir desde ahí, desde casa. Y tenemos ahora un instrumento nuevo, una oportunidad que no debemos desaprovechar. La última Directiva Europea propone el pasaporte de renovación del edificio, un documento consensuado y aprobado por los vecinos, que describe y organiza en el tiempo las intervenciones que van a hacerse en el edificio para conseguir las condiciones que debe alcanzar, y el plan de inversiones para lograrlo. Ahí pueden reflejarse -en un entorno colaborativo- los objetivos a todas las escalas y encajarse y coordinarse los impulsos de las diferentes administraciones. Un instrumento para construir desde abajo un futuro diferente.

Diferente porque el empleo que debe generar debe ser empleo local, de calidad y estable. Lo que implica una estrategia construida desde abajo, que recupere las habilidades de la gente y las empresas para hacer cosas, y que esté integrada en otras estrategias de desarrollo local. Y que incluya técnicas y materiales: el cemento portland -la base de nuestro hormigón armado, de nuestra edificación- genera el 8% de las emisiones globales y no tiene una estrategia de descarbonización viable y creíble. Necesitamos una revolución en nuestro sistema técnico, y trabajar con materiales que tengan una estrategia de descarbonización y, de nuevo, en lo local encontramos recursos que debemos activar, como es la recuperación y actualización de nuestra arquitectura tradicional y, también, las estrategias bioclimáticas como la base de su eficiencia. Y nuestro código técnico no está orientado hacia esta empresa y, sobre todo, debe dar el salto para asegurar que la habitabilidad de una vivienda dependa de una eficiencia energética que erradique definitivamente la pobreza energética.

Pero diferente, sobre todo, porque invertir en esa infraestructura básica debe asegurar el refugio frente a la intemperie, una cuestión que no es solo física, sino que requiere consolidar la vivienda como derecho prioritario frente a cualquier otro, asegurando la estabilidad del usuario -propietario o arrendatario- frente aquellos para los que la vivienda solo es un negocio. La inversión pública tiene la obligación de asegurar que ese dinero ya vaya siempre hacia el aseguramiento del derecho a una vivienda digna y adecuada.

 

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