Lecciones del confinamiento ante el cambio climático

Pedro Linares, catedrático del Departamento de Organización Industrial de la Escuela Técnica Superior de Ingeniería ICAI


 

Ojalá esta crisis pase pronto, pero sus lecciones no. Ojalá se nos quede grabado lo frágiles que somos frente a la naturaleza, y a la vez la capacidad que tenemos de influir en ella. La verdad, yo no soy demasiado optimista. Y no solo porque, en general, tenemos poca memoria para estas cosas, sino porque, sobre todo en lo que respecta al cambio climático, la lección que estamos aprendiendo del confinamiento es que tenemos que hacer mucho más.

Una buena forma de analizar lo que está pasando es utilizar la identidad IPAT de Commoner, Ehrlich y Holdren. Es decir, el impacto ambiental en función de la población, de la actividad económica per cápita y de la tecnología (o intensidad de impacto ambiental de la actividad económica). En este caso, el confinamiento por la crisis del coronavirus está afectando fundamentalmente a la actividad económica A, y también a la T, al reducir el impacto ambiental de parte de la actividad porque muchos estamos teletrabajando.

Hagamos unas cuentas muy rápidas para ver en qué medida: en España, en los días que llevamos confinados, la demanda de combustibles para automoción ha caído, según CLH, en un 70% tras la parada de actividades no esenciales. Y la de carburantes para aviación en un 80%. Por su parte, la demanda eléctrica ha caído un 25%, según Red Eléctrica de España. En la demanda convencional de gas natural también hay cambios, aunque esto podría estar relacionado con la meteorología tan cambiante de estos días. En cualquier caso, si recordamos que las emisiones de CO2 del sector del transporte son un 27% del total, y las del sector eléctrico aproximadamente un 25%, estos cambios supondrían una reducción de un 25% en las emisiones de CO2 en España. A nivel global, Michael Liebreich estima que la caída puede ser del 20%.

Es decir, bajo condiciones muy duras, parando casi toda la economía y confinándonos en nuestras casas, lo máximo que estamos pudiendo hacer es reducir nuestras emisiones hasta un 25%. Y esto, si lo mantenemos durante un año. Si –ojalá–, la normalidad vuelve tras dos o tres meses, la reducción anual se quedará en un 5%. A comparar con la reducción del 33% que tenemos que hacer en los próximos 10 años. Claramente tenemos que hacer más. ¿Qué podemos aprovechar de esta crisis para el impulso que se necesita? Pues alguna cosa hay.

Primero, podemos, cuando toque empezar a inyectar dinero en la economía para recuperarnos de la recesión, asociar estas inversiones a criterios de crecimiento sostenible: inversiones en eficiencia energética, en renovables, en cambios urbanísticos o en procesos industriales más limpios. En general, cambiar nuestro modelo de desarrollo económico hacia otro menos dependiente del consumo energético y de materiales.

Segundo, podemos tratar de mantener algunos de los cambios de comportamiento a los que nos hemos visto obligados por el confinamiento. Pero, como decía antes, nuestra memoria es débil. Sería conveniente reforzar estos cambios con señales que nos hagan más difícil volver a las malas costumbres. Por ejemplo, aprovechar para encarecer los viajes en avión, o el uso del coche privado, y así tratar de consolidar el uso de las videoconferencias y el teletrabajo, o evitar el rebote en los viajes de ocio que vendrá ayudado por los bajos precios del petróleo. Eso sí, seamos realistas: muchas de las reducciones de movilidad no están asociadas a teletrabajo sino a desempleo forzoso. Y del teletrabajo real, solo una parte podrá mantenerse razonablemente. Así que no es de esperar que haya grandes mejoras en este ámbito.

Tercero, deberíamos aprovechar los movimientos solidarios y cívicos que se están generando para canalizar también actuaciones en materia ambiental, en oposición a muchas actitudes partidistas que estamos viendo en algunos de nuestros líderes políticos.

Creo que debemos actuar en estos tres ámbitos. Pero la clave estará en el primero. Porque es el que hace cambiar de forma significativa la T, nuestra intensidad energética y de emisiones, sin que se vea afectada la A que mantiene nuestro bienestar.

NOTA: En materia de contaminación atmosférica en las ciudades, la situación es muy distinta. Aquí el transporte rodado es responsable del 80% de los daños, y, por tanto, cualquier reducción tiene unos efectos positivos mucho mayores. Además, en las grandes ciudades es más sencillo tratar de limitar el uso del vehículo privado, pues hay más alternativas de transporte público. Pero, de nuevo, para eso hacen falta políticas efectivas que consoliden los cambios de comportamiento.

Pedro Linares es autor del blog ‘Blog de Pedro linares’