Por qué el desprecio al medio rural y a sus habitantes nos debilita en esta crisis (y en las que vendrán)

Jesús Casas Grande, actualmente presidente de Tragsa, fue el impulsor de la Ley del Desarrollo Sostenible del Medio Rural


 

En medio de la resaca de la pandemia, sin saber muy bien cuándo ni como acabará, tratar de reflexionar futuros forma parte del juego de las prepotencias y de las ignorancias. Pero, con todo, incluso en estos momentos de incredulidad algunas cosas van tomando forma.

Una primera reflexión es que nuestros modelos, nuestros desarrollos, nuestros argumentos, son tan fatuos como abatibles. Nuestra seguridad es impostada. Esa presunción de sentirnos ajenos al devenir del planeta se confirma como una estupidez. No somos dioses.

Una segunda es que la catástrofe, lo inesperado, existe y va a seguir existiendo. Tarde o temprano volverá a eclosionar un cisne negro. Y si organizamos nuestro modelo de vida sobre la acumulación, sobre el caos ambiental, sobre lo artificial, seremos mucho más débiles, mucho menos capaces de resistir las nuevas oleadas de incertidumbre que, ahora ya sin duda, llegarán.

Una tercera es que, como el agua al punto más bajo, el perjuicio siempre acaba en los más débiles. Siempre deja en aún peores condiciones a los que peores condiciones tienen. En este caso, a nuestros mayores. Una sociedad que se tilda de solidaria no puede ignorar ni sentirse cómoda con que, hasta ahora, cuando los tiempos se vuelven duros la mayor carga de sufrimiento recaiga sobre los menos capacitados para resistir los avatares.

Y una cuarta reflexión final es que de esta crisis saldremos, pero debiéramos salir mejores. Y no sé si eso será posible. No sé si nuestra tendencia inercial, el enorme imán que supone la sociedad de consumo, nos permitirá rectificar caminos y reflexionar sobre las cosas que requieren cambio. Me preocupa que la salida de la crisis sanitaria se formule en términos economicistas centrados en la necesidad de promover, rápidamente, un desarrollo a cualquier precio que permita recuperar los puntos de PIB que vamos a perder. Un desarrollo a costa de lo que sea. Me preocupa que la angustia por reflotar lo que tenemos que reflotar invisibilice que hay realidades que precisan, que ya precisaban, respuesta. Respuesta urgente. Me preocuparía que una nueva reordenación de los recursos públicos hacia necesidades sin duda obligadas supusiera una minoración de los ya magros esfuerzos que se hacen para asegurar la preservación de los valores naturales y el futuro en armonía de los territorios rurales. Quiero pensar, y estoy esperanzado y confiado, en que por una vez esto no será así.

En este futuro escenario, las situaciones de estabilidad ambiental, de respeto por los territorios, de desarrollo equilibrado, de potenciar la capacidad inercial de los sistemas naturales para la minoración y la evitación de riesgos, se torna como un poderoso argumento para hacernos más fuertes. Con un medio rural abierto, sano, productivo, con gente generando actividad en contextos no contaminados y más permeables no se van a evitar las pandemias, pero en la medida que nuestro entorno y nuestro modelo de vida respondan a unos principios de dignidad con el planeta, vamos a poder encauzarlas y anticipar mejores respuestas.

Nosotros mismos nunca vamos a controlar los procesos naturales. Nunca vamos a parar una dinámica que se puso en marcha miles de millones de años antes de que diéramos el primer paso, y que seguirá modelando el planeta dentro de unos cuantos cientos de miles de años cuando desaparezcamos. Entre tanto, la actitud sana, respetuosa y equilibrada nos puede permitir vivir mejor a nosotros y, desde luego, a los que nos sucedan.

Intensificar nuestro compromiso  con el territorio rural, mantener la búsqueda de su estabilidad, dar respuesta a la demanda de servicios y necesidades, posibilitar una calidad de vida coherente y digna, acentuar el interés por una actividad sana económica rentable, al tiempo que potenciar nuestras actuaciones por la recuperación ambiental, por la conservación de los equilibrios y por capacitar a la naturaleza para autorregular situaciones delicadas o catástrofes, debe formar parte del obligado manual de toda política responsable que pretenda contribuir más y mejor a la calidad de vida de las personas, a su salud, y a su futuro. En esa orientación, el futuro del medio rural se convierte en un acicate de seguridad ante las crisis que ya no son un espejismo, que ya sabemos que vienen.

El uso irracional de la tierra, la simplificación de los sistemas naturales, el desprecio por las áreas rurales y sus habitantes, la falta ramplona de atención a la naturaleza o la consideración de que lo rural vive de un pasado sin capacidad para dibujar futuros son argumentos simplistas que nos restan mucha capacidad para responder a las futuras situaciones. Argumentos que nos hacen más débiles. Argumentos que, a la larga, nos arrastran con más facilidad al dolor y a la tragedia colectiva.

Porque si algo nos enseña esta crisis es la constatación de que no somos ajenos a la calidad ambiental del planeta. Si algo nos enseña esta crisis es humildad.